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lunes, 5 de julio de 2010

Catequista y Comunidad

¿Por qué es necesario que el catequista esté integrado en una comunidad cristiana?


Esta es una pregunta que me han hecho varias veces. Parece obvio que un catequista como servidor de una comunidad sea también parte de una pequeña comunidad, donde caminar en el fe. Lamentablemente esto no se da en muchos casos y es por o tanto muy difícil que uno que no vive en comunidad, enseñe a otros la importancia de ser parte de una. Creo que esta es una de las razones por las que muchos de nuestros catequizandos "desaparecen" luego de recibir los sacramentos.

Cristo nos llama a todos a la santidad. Se dice rápido pero es una empresa que nos puede tomar toda la vida y no nos alcanzaría el tiempo si pretendemos hacerlo solos. Cabe aquí recordar el ejemplo de las piedras del río. La razón de que sean lisas y redonditas es que la fuerza del agua las empuja y hace chocar unas con otras, de manera que con el “proceso” se van limando sus asperezas y van tomando forma. El “proceso” es la clave, pues sin él no alcanzamos la santidad. Y es un “proceso” que no se puede hacer a solas, se necesitan otros que te conozcan y te quieran y que estén dispuestos a caminar contigo.

Razones hay un montón, pero voy a enumerar sólo unas pocas:
- Jesús formó una pequeña comunidad con sus doce discípulos. Con ellos caminó durante tres años. Fue un “proceso” que les ayudó a madurar, a aprender el mensaje de Jesús y sobre todo a amarlo profundamente (todos menos uno). Este primer núcleo es el modelo de la comunidad cristiana. Hay que reconocer que no siempre se llevaron muy bien, como cuando los hijos de Zebedeo pidieron los puestos principales, pero como las piedras del río, se fueron puliendo. Los Apóstoles formaron comunidades en los pueblos donde se predicaba la Palabra. No bastaba con creer y bautizarse, era necesario que la comunidad se reuniera a celebrar la Misa, a catequizar a los nuevos miembros, a organizarse para ayudar a los pobres, para visitar a los enfermos y encarcelados, etc. La comunidad se organizaba para todo esto, se mantenía unida para poder crecer y madurar.

- Nuestra Iglesia durante dos mil años ha seguido este “proceso”. Cada Iglesia o diócesis está dividida en parroquias, que a su vez se dividen en distintas pequeñas comunidades (grupos parroquiales o movimientos apostólicos). Así cada cristiano tiene un grupo limitado de personas con las que realizar el “proceso”. En tu pequeña comunidad puedes ser formado de manera más personal, pues te conocen. Si te conformas sólo con ser parte de una parroquia, serás uno más de los cientos o miles que la conforman. En tu comunidad sales del anonimato y te conviertes en un hermano.

- San Pablo es contundente cuando afirma que la Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo y que nosotros somos los miembros de este Cuerpo. No debemos separarnos del Cuerpo pues moriríamos. Así mismo en la pequeña comunidad somos distintos como los miembros de un cuerpo, pero funcionamos en comunión. Cada uno pone sus talentos y dones específicos al servicio de la comunidad. Unos son cantores, otros catequistas, otros animan la liturgia, etc. Pero no debemos confundir el ministerio con la comunidad. Mi ministerio me permite servir a la comunidad, pero no me exonera del “proceso”. Si me excluyo de la comunidad y me dedico sólo a la acción, al ministerio, nunca haré mi “proceso”. La comunidad es imprescindible como camino a la santidad.

Concluyo dándoles mi testimonio. Yo camino desde hace veinte años en una comunidad. No he alcanzado la santidad, pero la formación y lo poco que he avanzado en la vida cristiana ha sido gracias a mis hermanos en Cristo. En comunidad descubrí mi vocación al sacerdocio, por eso puedo afirmar que la comunidad es también necesaria para quien quiera descubrir su llamado. La mayoría de mis hermanos siguieron la vocación al matrimonio y hoy son hogares cristianos, Iglesias Domésticas. Y seguimos sirviendo a Dios en la evangelización.

Deseo de todo corazón que cada uno de ustedes haga la misma experiencia. Que descubran a Cristo en el hermano y que sean como las piedras del río. Hasta el Cielo.

P. César Piechestein
elcuradecatequista