Catecismo y catequista son sinònimos de salvación y gracia. Este blog quiere ser un apoyo para todos los que hemos sido llamados a servir en el ministerio de la catequesis.
viernes, 7 de octubre de 2011
miércoles, 5 de octubre de 2011
Orientar a los catequizandos - Los "Por qué" de la catequesis
Jesús es el Buen Pastor, que conoce a sus ovejas y las llama por su nombre. Ellas reconocen su voz y lo siguen. Es precisamente ésta imagen del pastor la que nos lleva a afirmar que el catequista debe procurar desarrollar un sano interés por cada uno de sus catequizandos. Vincularse, involucrarse, adentrarse en la vida de las almas que se nos han confiado, es parte importante del proceso de educación en la fe.
A todos seguramente nos ha sucedido a lo largo de nuestro proceso de educación, el toparnos con un maestro que fue más allá del deber de dictar su materia. Son esos educadores los que hacen la diferencia en sus discípulos. No se conforman con impartir conocimientos académicos, sino que procuran orientar y formar para la vida. Un catequista deberá hacerla, precisamente porque como agente de pastoral, como educador en la fe, está llamado a acompañar al catequizando, a guiarlo en sus primeros pasos en la vida espiritual.
No lo podemos considerar una tarea simple, porque no lo es. Pero también es cierto que todo lo grande empieza pequeño. Hemos de iniciar por desarrollar un sincero interés por la vida de cada uno de nuestros chicos. Preocuparnos de saber sobre su situación familiar, sus aspiraciones y sueños. Este sano interés hará surgir en ellos confianza, porque descubrirán que nos preocupamos por ellos. El simple hecho de preguntarles cómo están y prestarles atención, tendrá ya un impacto positivo en su estado de ánimo.
Todos sabemos que la situación de la sociedad actual está cada vez convulsionada y las víctimas más afectadas son precisamente los más pequeños. Es ahí donde debemos intervenir como evangelizadores, como orientadores, ayudándoles a comprender y sobre todo a descubrir el camino a la luz de la fe. Y será siempre a través de la Palabra de Dios, sobre todo del Evangelio, que podremos guiarles. Además podemos hacer de puente entre ellos y el sacerdote, que es quien funge en la comunidad como padre y pastor.
La oración, la escucha atenta, la preocupación sincera y una recta intención nos permitirán influenciar positivamente en la vida de esos pequeños que, la Iglesia y Jesús nos han confiado.
Hasta el Cielo.
P. César Piechestein
elcuracatequista
martes, 4 de octubre de 2011
viernes, 30 de septiembre de 2011
miércoles, 28 de septiembre de 2011
Grandes Catequistas - De los Escritos de san Vicente de Paúl, presbítero.
EL SERVICIO A LOS POBRES HA DE SER PREFERIDO A TODO
Nosotros no debemos estimar a los pobres por su apariencia externa o su modo de vestir, ni tampoco por sus cualidades personales, ya que con frecuencia son rudos e incultos. Por el contrario, si consideráis a los pobres a la luz de la fe, os daréis cuenta de que representan el papel del Hijo de Dios, ya que él quiso también ser pobre. Y así, aun cuando en su pasión perdió casi la apariencia humana, haciéndose necio para los gentiles y escándalo para los judíos, sin embargo, se presentó a éstos como evangelizador de los pobres: Me envió a evangelizar a los pobres. También nosotros debemos estar imbuidos de estos sentimientos e imitar lo que Cristo hizo, cuidando de los pobres, consolándolos, ayudándolos y apoyándolos.
Cristo, en efecto, quiso nacer pobre, llamó junto a sí a unos discípulos pobres, se hizo él mismo servidor de los pobres, y de tal modo se identificó con ellos, que dijo que consideraría como hecho a él mismo todo el bien o el mal que se hiciera a los pobres. Porque Dios ama a los pobres y, por lo mismo, ama también a los que aman a los pobres, ya que, cuando alguien tiene un afecto especial a una persona, extiende este afecto a los que dan a aquella persona muestras de amistad o de servicio. Por esto nosotros tenemos la esperanza de que Dios nos ame, en atención a los pobres. Por esto, al visitarlos, esforcémonos en cuidar del pobre y desvalido, compartiendo sus sentimientos, de manera que podamos decir como el Apóstol: Me he hecho todo para todos. Por lo cual todo nuestro esfuerzo ha de tender a que, conmovidos por las inquietudes y miserias del prójimo, roguemos a Dios que infunda en nosotros sentimientos de misericordia y compasión, de manera que nuestros corazones estén siempre llenos de estos sentimientos.
El servicio a los pobres ha de ser preferido a todo, y hay que prestarlo sin demora. Por esto, si en el momento de la oración hay que llevar a algún pobre un medicamento o un auxilio cualquiera, id a él con el ánimo bien tranquilo y haced lo que convenga, ofreciéndolo a Dios como una prolongación de la oración. Y no tengáis ningún escrúpulo ni remordimiento de conciencia si, por prestar algún servicio a los pobres, habéis dejado la oración; salir de la presencia de Dios por alguna de las causas enumeradas no es ningún desprecio a Dios, ya que es por él por quien lo hacemos.
Así pues, si dejáis la oración para acudir con presteza en ayuda de algún pobre, recordad que aquel servicio lo prestáis al mismo Dios. La caridad, en efecto, es la máxima norma, a la que todo debe tender: ella es una ilustre señora, y hay que cumplir lo que ordena. Renovemos, pues, nuestro espíritu de servicio a los pobres, principalmente para con los abandonados y desamparados, ya que ellos nos han sido dados para que los sirvamos como a señores.
viernes, 16 de septiembre de 2011
lunes, 5 de septiembre de 2011
Vínculo entre la Confesión y la Comunión - Los Por qué de la Catequesis
Hace poco me sorprendía sobre cuánto se desconoce sobre la relación entre la confesión sacramental y la comunión eucarística. En gran parte es culpa nuestra, que como catequistas no hemos sido claros al explicar a los niños un tema tan esencial. Son dos saramentos que están íntimamente vinculados, ya que no se puede recuperar la gracia de Dios sin la Confesión, y si no estamos en gracia no podemos comulgar.
El Beato Juan Pablo II en su encíclica "Dominicae cenae" afirma:
"Acerca de la estrecha vinculación, existente entre el Sacramento de la Penitencia y el de la Eucaristía llamé ya la atención en la Encíclica «Redemptor hominis». No es solamente la Penitencia la que conduce a la Eucaristía, sino que también la Eucaristía lleva a la Penitencia. En efecto, cuando nos damos cuenta de Quien es el que recibimos en la Comunión eucarística, nace en nosotros casi espontáneamente un sentido de indignidad, junto con el dolor de nuestros pecados y con la necesidad interior de purificación."
Y es que para poder acercarnos a comulgar hemos de estar en gracia de Dios, es decir, sin haber cometido pecado mortal. Cuando cometemos un pecado grave, perdemos la gracia santificante, nos separamos de la comunión con Dios, estamos espiritualmente muertos y esto nos impide recibir la Eucaristía que es un sacramento de vivos. El único camino es la Confesión de nuestros pecados, puesto que será la absolución la que nos devolverá la gracia. No se puede, aunque algunos digan que sí, ir a comulgar y luego confesarse, aunque sea inmediatamente después de la Comunión. Primero se recupera la gracia y después se comulga.
"No obstante debemos vigilar siempre, para que este gran encuentro con Cristo en la Eucaristía no se convierta para nosotros en un acto rutinario y a fin de que no lo recibamos indignamente, es decir, en estado de pecado mortal. La práctica de la virtud de la penitencia y el sacramento de la Penitencia son indispensables a fin de sostener en nosotros y profundizar continuamente el espíritu de veneración, que el hombre debe a Dios mismo y a su Amor tan admirablemente revelado."
Algunos se confunden pensando que hay que confesarse cada vez que uno va a comulgar, cosa que no es necesaria. Si no hemos cometido un pecado mortal desde la última Confesión, podemos comulgar con tranquilidad pues no hemos perdido la gracia. Eso sí, es recomendable no dejar pasar demasiado tiempo entre confesión y confesión, la recepción frecuente del sacramento de la Reconciliación ha sido siempre recomendada.
Hasta el Cielo.
P. César Piechestein
elcuracatequista
domingo, 4 de septiembre de 2011
CONVIVENCIA VOCACIONAL
DOMINGO 25 DE SEPTIEMBRE
Para jóvenes y jovencitas que se sientan llamados a consagrar su vida a Cristo.
Casa de Convivencias de las Misioneras Eucarísticas de Nazaret
(Guayaquil-Ecuador)
Calle Juan Montalvo 415 y General Córdova
(diagonal al Mercado Artesanal)
(diagonal al Mercado Artesanal)
De 9:00 a 17:00
Llevar Biblia y cuaderno.
P. César Piechestein
lunes, 22 de agosto de 2011
Grandes Catequistas - Del Sermón de san Paciano, obispo, sobre el Bautismo
Una catequesis para explicar el pecado original y el efecto del Bautismo.
El pecado de Adán había pasado a todo el género humano, ya que, como dice el Apóstol: Por un solo hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así pasó a todos los hombres. Por consiguiente, es necesario que la justicia de Cristo pase también a todo el género humano; y así como Adán, por su pecado, fue causa de perdición para toda su estirpe, así Cristo, por su justicia, es causa de vida para su linaje. El Apóstol insiste en ello diciendo: Como por la desobediencia de un solo hombre todos los demás quedaron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo todos quedarán constituidos justos; para que así como reinó el pecado produciendo la muerte así también reine la gracia por la justificación, dándonos vida eterna.
Alguien podrá objetarme: «Pero el pecado de Adán con razón pasó a sus descendientes, ya que procedían de él; pero, ¿es que hemos sido engendrados por Cristo, para que podamos salvarnos por causa de él?» No penséis de modo carnal: ya veréis de qué manera hemos sido engendrados por Cristo. En la plenitud de los tiempos, Cristo tomó de María un alma y un cuerpo, porque había venido a salvar al hombre, porque no quería dejarlo bajo el poder de la muerte; por esto se unió a él y se hizo una cosa con él. Éstas son las bodas del Señor con las que se une a nuestra carne, así se realiza aquel gran misterio por el que Cristo y la Iglesia se unen en una sola persona.
De estas bodas nace el pueblo cristiano, con la fuerza del Espíritu del Señor, que le viene de lo alto; y con la semilla celestial, que se vierte sobre nuestras almas y se introduce en ellas, nos vamos formando en el seno maternal de la Iglesia, la cual nos da a luz para la nueva vida en Cristo. De ahí que dice el Apóstol: El primer hombre, Adán, se convirtió en ser vivo; el último Adán, en espíritu que da vida. De este modo nos engendra Cristo en la Iglesia por obra de sus sacerdotes, como dice el mismo Apóstol: Yo os engendré para Cristo. Y así, la semilla de Cristo, esto es, el Espíritu de Dios, da salida al hombre nuevo, gestado en el seno de la madre Iglesia y dado a luz en la fuente bautismal, por mano del sacerdote, actuando la fe como madrina de bodas.
Pero hay que recibir a Cristo para que nos engendre, tal como dice el apóstol Juan: A cuantos lo recibieron dio poder de llegar a ser hijos de Dios. Todo esto no puede realizarse sino mediante el signo del baño, del crisma y del obispo. Por el baño bautismal, en efecto, somos purificados de nuestros pecados; por el crisma se derrama sobre nosotros él Espíritu Santo; y ambas cosas las impetramos por la mano y la boca del obispo; y así todo el hombre renace y es renovado en Cristo, para que así como Cristo fue resucitado de entre los muertos, así también nosotros vivamos una vida nueva, esto es, despojándonos de los errores de nuestra vida anterior, permanezcamos en Cristo por nuestra conducta renovada por obra del Espíritu.
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