"Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a todas las gentes"

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viernes, 10 de junio de 2011

Conseguir la atención de los catequizandos - Tips para la Catequesis

“Diríase que el alma, como el cuerpo, tiene su boca; y así como éste, con la boca cerrada, ni come ni bebe, el alma si no abre su boca, no recibe ni pasa nada, y así como la necesidad o el apetito hace abrir la boca de carne, la atención abre la boca del alma.” (Dichos, hechos y lecciones, Beato Manuel González)

Uno de los retos más grandes en la catequesis es conseguir la atención de los catequizandos. Habrá que tener claro que, aunque el encuentro de catequesis pueda durar una hora u hora y media, el tiempo que los niños prestan de atención es muchísimo menor. Es decir que serán apenas 10 o en los mejores casos hasta 15 minutos de atención lo que nos regalarán. Esos son momentos preciosos donde hemos de procurar transmitir el mensaje central del encuentro. El tiempo restante nos debe servir para reforzar la idea central, a través de distintas técnicas y dinámicas.

Pero de cómo ganar esa atención es que quiero hablarles hoy. Aunque cada realidad es distinta creo que hay algunos puntos que sirven en manera general:

- La disposición del grupo: Parecería algo no tan importante, pero lo es. Yo recomiendo el círculo porque permite un visión total del grupo, se da el contacto visual entre todos. Cierto es que los grupos numerosos dificultan ésta disposición, pero la otra opción es la de “escuela” y no creo sea la más adecuada.

- El catequista: El mejor instrumento didáctico del catequista es él mismo. El tono de su voz, las expresiones de su rostro, los movimientos del cuerpo, serán siempre elementos importantes para llamar la atención. Un catequista “plano” terminará por aburrir rápidamente a su auditorio y por lo tanto perderá su atención.

- Paciencia al principio: El silencio del grupo no siempre significa que tenemos su atención. Sus ojos fijos en el catequista y la expresión de su rostro nos demostrarán si están siguiendo la explicación. Eso se consigue cuando el catequista representa para ellos una persona a la que les interesa escuchar. Llegar a representar eso en los niños no es tan fácil, así que habrá que ser pacientes. No caer en la tentación de querer caer simpático dejándoles hacer lo que les apetece, ni en el opuesto de imponer “orden” a fuerza de gritos o malas caras. “Ni tanto que queme el santo, ni poco que no lo alumbre”. Una vez que nos hemos ganado su corazón (y en ello interviene Jesús) nos darán su atención tranquilamente. Habrá que mostrar cuál es nuestro “objetivo” y nuestra “motivación”, una vez que comprendan lo que mueve al catequista lo escucharán voluntariamente. Todo eso requiere tiempo, por lo tanto habrá que “ganarse” la voluntad de los niños en los primeros encuentros, para tener su atención en los siguientes.

“La atención de los niños está en proporción directa del SILENCIO y del GUSTO con que asistan. Es decir, la boquita de carne cerrada y la cara alegre, ¡cómo abren de par en par la boca del alma! Pero, oídlo bien: Las dos cosas juntas!; una sin otra no producen el resultado apetecido.”(Beato Manuel González)

Creo que sobre este tema hay mucha “tela que cortar” así que seguiremos profundizando en él más adelante. Por ahora los saludo y los encomiendo para que puedan lograr la tan deseada atención de sus catequizandos.
Hasta el Cielo.

P. César Piechestein
elcuracatequista

martes, 24 de mayo de 2011

Grandes Catequistas - De la carta de san Clemente primero, papa, a los Corintios

MUCHOS SON LOS SENDEROS, PERO UNO SOLO ES EL CAMINO

Éste es, amados hermanos, el camino por el que llegamos a la salvación, Jesucristo, el sumo sacerdote de nuestras oblaciones, sostén y ayuda de nuestra debilidad.

Por él, podemos elevar nuestra mirada hasta lo alto de los cielos; por él, vemos como en un espejo el rostro inmaculado y excelso de Dios; por él, se abrieron los ojos de nuestro corazón; por él, nuestra mente, insensata y entenebrecida, se abre al resplandor de la luz; por él, quiso el Señor que gustásemos el conocimiento inmortal, ya que él es el resplandor de su gloria y ha llegado a ser tanto mayor que los ángeles, cuanto es más augusto que el de ellos el nombre que ha recibido en herencia.

Militemos, pues, hermanos, con todas nuestras fuerzas, bajo sus órdenes irreprochables.

Fijémonos en los soldados que prestan servicio bajo las órdenes de nuestros gobernantes: su disciplina, su obediencia, su sometimiento en cumplir las órdenes que reciben. No todos son generales ni comandantes ni centuriones ni oficiales ni todos tienen alguna graduación; sin embargo, cada cual, en el sitio que le corresponde, cumple lo que le manda el rey o cualquiera de sus jefes. Ni los grandes podrían hacer nada sin los pequeños, ni los pequeños sin los grandes; la efectividad depende precisamente de la conjunción de todos.

Tomemos como ejemplo a nuestro cuerpo. La cabeza sin los pies no es nada, como tampoco los pies sin la cabeza; los miembros más ínfimos de nuestro cuerpo son necesarios y útiles a la totalidad del cuerpo; más aún, todos ellos se coordinan entre sí para el bien de todo el cuerpo. Procuremos, pues, conservar la integridad de este cuerpo que formamos en Cristo Jesús, y que cada uno se ponga al servicio de su prójimo según la gracia que le ha sido asignada por donación de Dios.

El fuerte sea protector del débil, el débil respete al fuerte; el rico dé al pobre, el pobre dé gracias a Dios por haberle deparado quien remedie su necesidad. El sabio manifieste su sabiduría no con palabras, sino con buenas obras; el humilde no dé testimonio de sí mismo, sino deje que sean los demás quienes lo hagan. El que es casto en su cuerpo no se gloríe de ello, sabiendo que es otro quien le otorga el don de la continencia.

Consideremos, pues, hermanos, de qué materia fuimos hechos, cuáles éramos al entrar en este mundo; de qué sepulcro y tinieblas nos sacó nuestro Creador, para introducirnos en su mundo, donde ya de antemano, antes de nuestra existencia, nos tenía preparados sus dones.

Por esto debemos dar gracias a aquel de quien nos vienen todos estos bienes, al cual sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

viernes, 13 de mayo de 2011

La catequesis es el catequista - Aprendiendo de Don Manuel

Hace unos dias un gran amigo me preguntaba el porqué de este blog. Mi respuesta fue que la razón era mi amor a la catequesis y el deseo de que ésta sea cada día mejor valorada por todos. A continuación me hizo una segunda pregunta, consecuencia de mi primera respuesta: ¿Qué es lo más importante en la catequesis? La respuesta es tan simple como contundente: Lo más importante en la catequesis es el catequista. Y que conste que no lo digo sólo yo, lo afirma un gran entendido como Don Manuel González. El asegura que el principio fundamental de la pastoral catequética es el siguiente:

“La catequesis es el catequista.”

“Si se ha dicho que la escuela es el maestro y que será mejor escuela aquella que tenga no el mejor local, ni el más rico material pedagógico, sino el mejor maestro, por la misma razón puede afirmarse que una catequesis es su catequista.” (Dichos, hechos y lecciones; Beato Manuel González)

Y así como lo afirma el Beato Manuel es que lo creo yo y no sólo por ciencia, sino por experiencia. Creo que ustedes mismos, mis queridos lectores, que serán seguramente la mayoría catequistas, lo pueden afirmar conmigo. La catequesis no se fundamenta en el aula, o en los medios audiovisuales, o en el material pedagógico. No se basa en el párroco (aunque su influencia sea trascendental), ni en los padres de familia (que son los primeros catequistas). La catequesis, en resumidas cuentas, se basa en quien la enseña, sea laico o consagrado, padre de familia o párroco, joven o anciano.

“Dadme un catequista con vocación, ya sea por deber, ya por caridad, con la preparación intelectual adecuada, que trate primero con el Corazón de Jesús en el Sagrario lo que va a tratar después con los niños y que, sobre todo ame a éstos con el amor que se saca del Sagrario.”

He aquí las condiciones imprescindibles para que sea un catequista auténtico. Primero la vocación, porque es Dios quién nos llama y nos envía a ser catequistas. Segundo que su ministerio lo ejerza desde y hacia el Sagrario, pues es por amor a Dios que se catequiza. Y luego que sea ese amor el que le lleve a amar a los catequizandos.

“Ese catequista que os he descrito, ya sabrá arreglárselas para que los ademanes de su cara y las figuras y contorsiones de su cuerpo, sustituyan con ventaja a los cuadros murales o de proyecciones y valorará y aun suplirá con creces con su sonrisa y su palabra caldeada por el cariño, la bagatela o fruslería de que en su pobreza disponga para premio.”

Y es así como el mismo catequista se convierte en catequesis. Su vida, su oración, su alegría, todo su ser educan en la fe. Y todo le sirve como instrumento para compartir la doctrina cristiana. Puede tener todos los medios o carecer de todos, da igual , porque el mismo es la catequesis. Es como un catecismo con pies.

“Dadme cristianos llenos y rebosantes del conocimiento, de la imitación y del amor de Jesucristo y yo os daré muchedumbres de verdad cristianas.”

Bendita la parroquia que cuenta con catequistas así. Fecunda será en vida sacramental y en santidad la comunidad cristiana que es servida por catequistas de Sagrario. Mucho fruto de santidad de vida y seguramente de vocaciones tendrá esa comunidad, porque todo fluye a partir de la catequesis.

Para acompañar a los catequistas y para animar a los que todavía no lo son es que ha sido creado este blog. Los abrazo desde Roma y oro por su misión catequética.
Hasta el Cielo.

P. César Piechestein
elcuracatequista

sábado, 7 de mayo de 2011

Catequesis con cuentos - La Avaricia

En una buena ocasión, una mujer acudió con el sacerdote de su parroquia a solicitarle un favor: "Padre - le dijo - , soy una persona "avara", quisiera quitarme este vicio..."

El sacerdote pensó un momento, y después le dijo a aquella mujer: "Acompáñeme a la sacristía".

La mujer lo siguió. Una vez allí, el padre la colocó delante de una ventana, y le preguntó: "¿Qué es lo que ve usted?" La mujer respondió: "Veo a la gente..." - "¡Muy bien!" Contestó el padre, quien la colocó entonces delante de un espejo y le volvió a preguntar: "Y ahora, ¿qué es lo que ve usted?" La mujer le dijo: "Me veo a mí misma". "¡Eso! - continuó el sacerdote - Eso es lo que se ve cuando uno tiene ante sí un poco de plata (la única diferencia que hay entre un vidrio y un espejo: un poco de plata). 

Quiere usted combatir la Avaricia, comience a apartarse de la plata, así podrá verse no sólo a sí misma, sino a todos los demás, y velar por sus intereses también..."

Cuando Jesús le dijo al joven rico que lo dejara todo y lo siguiera en lugar de mirar por la ventan y descubrir todo lo que significa ser discípulo del Señor, se quedó pensando sólo en sus bienes. No se trata del dinero, sino de la incapacidad de pensar en los demás, del egoísmo. Se puede ser avaro y pobre al mismo tiempo, así como rico y generoso. El problema no son los bienes materiales, sino que la "plata" no nos deje ver a los demás.
Hasta el Cielo.

P. César Piechestein
elcuracatequista

viernes, 6 de mayo de 2011

Grandes Catequistas - De las Disertaciones de san Teodoro Estudita

 LA PRECIOSA Y VIVIFICANTE CRUZ DE CRISTO

¡Oh don valiosísimo de la cruz! ¡Cuán grande es su magnificencia! la cruz no encierra en sí mezcla de bien y de mal, como el árbol del Edén, sino que toda ella es hermosa y agradable, tanto para la vista como para el gusto. Se trata, en efecto, del leño que engendra la vida, no la muerte; que da luz, no tinieblas; que introduce en el Edén, no que hace salir de él. La cruz es el madero al cual subió Cristo, como un rey a su carro de combate, para, desde él, vencer al demonio, que detentaba el poder de la muerte, y liberar al género humano de la esclavitud del tirano.

Es el madero en el cual el Señor, como esforzado guerrero, heridos en la batalla sus pies, sus manos y su divino costado, curó las llagas de nuestras malas acciones, es decir, nuestra naturaleza herida de muerte por el dragón infernal.

Primero hallamos la muerte en un árbol, ahora en otro árbol hemos recuperado la vida; los que habíamos sido antes engañados en un árbol hemos rechazado a la astuta serpiente en otro árbol. Nueva y extraña mudanza, ciertamente. A cambio de la muerte se nos da la vida, a cambio de la corrupción se nos da la incorrupción, a cambio del deshonor se nos da la gloria.

No sin motivo exclamaba el santo Apóstol: En cuanto a mí, líbreme Dios de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo; por él el mundo está crucificado para mi y yo para el mundo. Pues aquella suprema sabiduría que nace de la cruz ha desmentido la jactancia de la sabiduría del mundo y la arrogancia de lo que no es más que necedad. Los bienes de toda clase que dimanan de la cruz han destruido todo germen de malicia.

Ya desde el principio del mundo, todas aquellas cosas que no eran sino figuras y anuncios anticipados de este leño fueron signo e indicio de algo mucho más admirable que ellas mismas. Mira, si no, tú que deseas saberlo. ¿Por ventura no escapó Noé del desastre del diluvio, por decisión divina, él, su esposa, sus hijos y las esposas de éstos, y los animales de cada especie, en un frágil madero?

¿Qué significaba también la vara de Moisés? ¿No era acaso una figura de la cruz? Cuando convirtió el agua en sangre, cuando devoró a las falsas serpientes de los magos, cuando con su golpe y virtud dividió las aguas del mar, cuando de nuevo las volvió a su curso, sumergiendo en ellas al enemigo y preservando al pueblo elegido.

Semejante poder tuvo la vara de Aarón, figura también de la cruz, que floreció en un solo día, demostrando así quién era el legítimo sacerdote.También Abraham anunció la cruz de antemano cuando puso a su hijo atado sobre el montón de maderos.

Por la cruz fue destruida la muerte, y Adán fue restituido a la vida. En la cruz se gloriaron todos los apóstoles, por ella fueron coronados todos los mártires, santificados todos los santos. Por la cruz nos revestimos de Cristo y nos despojamos del hombre viejo. Por la cruz nosotros, ovejas de Cristo, hemos sido reunidos en un solo redil y destinados al aprisco celestial.

miércoles, 20 de abril de 2011

Grandes Catequistas - De los Tratados de san Agustín, obispo, sobre el evangelio de san Juan

LA PLENITUD DEL AMOR

El Señor, hermanos muy amados, quiso dejar bien claro en qué consiste aquella plenitud del amor con que debemos amarnos mutuamente, cuando dijo: Nadie tiene más amor que el que da la vida por sus amigos. Consecuencia de ello es lo que nos dice el mismo evangelista Juan en su carta: Cristo dio su vida por nosotros, también nosotros debemos dar la vida por los hermanos, amándonos mutuamente como él nos amó, que dio su vida por nosotros.

Es la misma idea que encontramos en el libro de los Proverbios: Si te sientas a comer en la mesa de un señor, mira con atención lo que te ponen delante, y pon la mano en ello pensando que luego tendrás que preparar tú algo semejante. Esta mesa de tal señor no es otra que aquella de la cual tomamos el cuerpo y la sangre de aquel que dio su vida por nosotros. Sentarse a ella significa acercarse a la misma con humildad. Mirar con atención lo que nos ponen delante equivale a tomar conciencia de la grandeza de este don. Y poner la mano en ello, pensando que luego tendremos que preparar algo semejante, significa lo que ya he dicho antes: que así como Cristo dio su vida por nosotros, también nosotros debemos dar la vida por los hermanos. Como dice el apóstol Pedro: Cristo padeció por nosotros, dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas. Esto significa preparar algo semejante. Esto es lo que hicieron los mártires, llevados por un amor ardiente; si no queremos celebrar en vano su recuerdo, y si nos acercamos a la mesa del Señor para participar del banquete en que ellos se saciaron, es necesario que, tal como ellos hicieron, preparemos luego nosotros algo semejante.

Por esto, al reunirnos junto a la mesa del Señor, no los recordamos del mismo modo que a los demás que descansan en paz, para rogar por ellos, sino más bien para que ellos rueguen por nosotros, a fin de que sigamos su ejemplo, ya que ellos pusieron en práctica aquel amor del que dice el Señor que no hay otro más grande. Ellos mostraron a sus hermanos la manera como hay que preparar algo semejante a lo que también ellos habían tomado de la mesa del Señor.

Lo que hemos dicho no hay que entenderlo como si nosotros pudiéramos igualarnos al Señor, aun en el caso de que lleguemos por él hasta el testimonio de nuestra sangre. Él era libre para dar su vida y libre para volverla a tomar, nosotros no vivimos todo el tiempo que queremos y morimos aunque no queramos; él, en el momento de morir, mató en sí mismo a la muerte, nosotros somos librados de la muerte por su muerte; su carne no experimentó la corrupción, la nuestra ha de pasar por la corrupción, hasta que al final de este mundo seamos revestidos por él de la incorruptibilidad; él no necesitó de nosotros para salvarnos, nosotros sin él nada podemos hacer; él, a nosotros, sus sarmientos, se nos dio como vid, nosotros, separados de él, no podemos tener vida.

Finalmente, aunque los hermanos mueran por sus hermanos, ningún mártir derrama su sangre para el perdón de los pecados de sus hermanos, como hizo él por nosotros, ya que en esto no nos dio un ejemplo que imitar, sino un motivo para congratularnos. Los mártires, al derramar su sangre por sus hermanos, no hicieron sino mostrar lo que habían tomado de la mesa del Señor. Amémonos, pues, los unos a los otros, como Cristo nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros.