"Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a todas las gentes"

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miércoles, 20 de junio de 2012

Tips para la catequesis - Enseñar a orar


Cuando nos ponemos a planificar el año de catequesis, creo que a todos nos pasa que nos faltan encuentros para poder cumplir con el programa que se nos plantea. A veces nos toca dedicarle menos tiempo del que hubiéramos deseado a temas que sabemos que son muy importantes, pero parece que el número de encuentros es demasiado limitado. Sin embargo hay algo que no podemos descuidar, porque el hacerlo empobrecería todo el proceso de educación en la fe y es enseñarles a orar.
Me imagino que a éstas alturas ya algunos se estarán comenzando a preocupar, reconociendo que la tarea es bastante ardua, mientras otros pensarán convencidos que con enseñarles las oraciones del cristiano, basta y sobra. A nosotros, catequistas, nos toca enseñarles a hablar con Jesús:
   
  «Son muchos los cristianos ¿qué digo?, todos los cristianos creen y saben que Jesucristo todo entero está vivo y real en la sagrada Hostia; pero yo me temo mucho que algunos no se han enterado todavía de que está allí con oídos y con boca... Digo esto porque sé de muchos cristianos que jamás en su vida se han puesto a hablar con Él y de otros que aunque le hablan, no lo escuchan... ¡Hermanos! ¿Os habéis figurado que Jesucristo en el Sagrario es sordo o mudo o las dos cosas?».
(Beato Manuel González, Obras Completas, 2717)

Claro que todo comienza con el catequista. A éstas alturas del partido me atrevería a preguntarles ¿oran ustedes hermanos catequistas? Porque si lo hacen sabrán que no es difícil enseñar a orar. Es cuestión de comenzar por reconocer que dentro del Sagrario está realmente uno que nos ama y que vive deseoso de nuestra compañía. El sólo hecho de estar frente a Él, dedicarle un tiempo sólo a estar con Él, es ya oración. Aunque sea sólo para dedicarle nuestras miradas. Si a ellas le agregamos nuestros pensamientos y unas frases de amor, la cosa irá todavía mejor. Eso repetido cada día y de ser posible a la misma hora, será el inicio de una vida interior que florecerá y fructificará con abundancia.
Eso es lo que hemos de enseñar a nuestros catequizandos. No podemos reducir nuestra catequesis a la sola transmisión del mensaje, dejando de lado la relación con el Verbo. Empecemos con llevar a esas almitas que se nos han confiado a los pies del Sagrario, al iniciar o al concluir el encuentro de catequesis (mejor en ambos momentos). Les garantizo que marcará la diferencia.
Hasta el Cielo.

P. César Piechestein
elcuracatequista

sábado, 26 de mayo de 2012

Perfil del catequista: la adaptabilidad de carácter


Muchas son las cualidades que debe poseer un catequista para poder desarrollar su ministerio con fruto. Dona Manuel González, un catequista hasta la médula, nos habla sobre una que él considera imprescindible: la adaptabilidad.

«La ley general de todo apostolado la expresó el gran apóstol san Pablo en aquellas conocidas palabras de que hay que hacerse todo para todos para ganar a todos para Jesucristo. Llorar con el que llora, reír con el que ríe, subir con el que sube, bajar con el que baja, es el medio más eficaz para llegar al corazón de los demás y conquistarlo.
   La gran condición del conquistador de corazones es la adaptabilidad de carácter».

    «¡La adaptabilidad! Pero ¿os habéis fijado en lo que significa, y sobre todo, en lo que exige esa palabra?
   Porque adaptabilidad no significa debilidad o inconsistencia de carácter, de modo que esté uno al viento que más sople, ni es tampoco dulzonería o romana del diablo o vista gorda para dejar pasar carros y carretas».

«Adaptabilidad es darse sin entregarse, es poner en la cara y en el gesto y en la palabra y en la obra lo que naturalmente no se tiene gana de poner; es tirar la red al agua y a uno mismo, si es preciso, sin ahogarse; es tratar a cada cual no por los méritos propios, ni por la simpatía que inspire, ni por las ventajas que traiga, sino sólo por lo que representa; es meterse en el fango, si hace falta, y no mancharse; es enfadarse, si es necesario, y no pecar; es tragar mucha saliva y mucha hiel y poner la cara del que paladea la miel...
   ¡Vaya si es difícil y hasta heroica la adaptabilidad!
   Pero no se olvide: tan necesaria y tan fructuosa como difícil».
(Beato Manuel González, Obras Completas, 3741-3743)

Partiendo de ésta importante virtud del catequista y del apóstol, Don Manuel clasifica a los mismos en tres tipos: de esponja, de cristal y de goma. Para poder saber si eres un catequista de esponja o si eres uno de cristal, tendrás que esperar hasta la próxima publicación. Mientras tanto procura practicar adquirir la adaptabilidad de carácter.

P. César Piechestein
elcuracatequista

sábado, 19 de mayo de 2012

Grandes Catequistas - De las Conferencias de santo Tomás de Aquino, presbítero

En vísperas de celebrar la Ascensión de Nuestro Señor, los invito a reflexionar ésta catequesis de Santo Tomás donde nos habla sobre el Reino de los Cielos. Allá nos espera Jesús, el Padre y el Espíritu Santo y es importante recordarlo y enseñarlo a nuestros catequizandos. Sólo teniendo la mirada en la meta es que podremos llegar a ella. 

ME SACIARÉ DE TU SEMBLANTE

Adecuadamente termina el Símbolo, resumen de nuestra fe, con aquellas palabras: «La vida perdurable. Amén.» Porque esta vida perdurable es el término de todos nuestros deseos.

La vida perdurable consiste primariamente en nuestra unión con Dios, ya que el mismo Dios en persona es el premio y el término de todas nuestras fatigas: Yo soy tu escudo y tu paga abundante. Esta unión consiste en la visión perfecta: Al presente vemos a Dios como en un espejo y borrosamente. Entonces lo veremos cara a cara.

También consiste en la suprema alabanza, como dice el profeta: Allí habrá gozo y alegría, con acción de gracias al son de instrumentos.

Consiste asimismo en la perfecta satisfacción de nuestros deseos, ya que allí los bienaventurados tendrán más de lo que deseaban o esperaban. La razón de ello es porque en esta vida nadie puede satisfacer sus deseos, y ninguna cosa creada puede saciar nunca el deseo del hombre: sólo Dios puede saciarlo con creces, hasta el infinito; por esto el hombre no puede hallar su descanso más que en Dios, como dice san Agustín: «Nos has hecho para ti, Señor, y nuestro corazón no hallará reposo hasta que descanse en ti.»

Los santos, en la patria celestial, poseerán a Dios de un modo perfecto, y por esto sus deseos quedarán saciados y tendrán más aún de lo que deseaban. Por esto dice el Señor: Entra en el gozo de tu Señor. Y san Agustín dice: «Todo el gozo no cabrá en todos, pero todos verán colmado su gozo. Me saciaré de tu semblante»; y también: «Él sacia de bienes tus anhelos.»
Todo lo que hay de deleitable se encuentra allí superabundantemente. Si se desean los deleites, allí se encuentra el supremo y perfectísimo deleite, pues procede de Dios, sumo bien: Alegría perpetua a tu derecha.

La vida perdurable consiste también en la amable compañía de todos los bienaventurados, compañía sumamente agradable, ya que cada cual verá a los demás bienaventurados participar de sus mismos bienes. Todos, en efecto, amarán a los demás como a sí mismos, y por esto se alegrarán del bien de los demás como del suyo propio. Con lo cual, la alegría y el gozo de cada uno se verán aumentados con el gozo de todos.

jueves, 10 de mayo de 2012

Grandes Catequistas - San Gaudencio de Brescia, obispo

LA EUCARISTÍA ES LA PASCUA DEL SEÑOR

Uno solo murió por todos, el mismo que ahora en cada una de las asambleas cristianas, por el sacramento del pan y del vino, nos rehace con su inmolación, por la fe en él nos da la vida y, ofreciéndose a sí mismo en sacrificio, consagra a los que ofrecen esta oblación.

Ésta es la carne y la sangre del Cordero, pues aquel pan bajado del cielo afirma: El pan que yo voy a dar es mi carne ofrecida por la vida del mundo. Y con razón su sangre es significada por el vino, ya que, al afirmar él mismo en el Evangelio: Yo soy la vid verdadera, manifiesta con suficiente claridad que el vino es su sangre ofrecida en el sacramento de su pasión; en este sentido el patriarca Jacob había profetizado de Cristo: Lava su ropa en vino y su túnica en sangre de uvas. En efecto, él lavó con su propia sangre la vestimenta de nuestro cuerpo que había tomado sobre sí como una vestidura.



El mismo Creador y Señor de la naturaleza, el que hace salir el pan de la tierra, convirtió el pan en su propio cuerpo (porque podía hacerlo y así lo había prometido); y el que había convertido el agua en vino convirtió después el vino en su sangre.

Es la Pascua del Señor, dice la Escritura, esto es, el paso del Señor; no tengas por cosa terrena lo que ha sido convertido en algo celestial por obra de aquel que pasó a esa materia y la ha convertido en su cuerpo y sangre.

Lo que recibes es el cuerpo de aquel pan bajado del cielo y la sangre de aquella vid sagrada. En efecto, al dar a sus discípulos el pan y el vino consagrados, les dijo: Esto es mi cuerpo; ésta es mi sangre. Creamos, pues, en aquel en quien hemos puesto nuestra confianza: el que es la verdad en persona no puede engañarnos.

Por esto, cuando hablaba a la multitud de comer su cuerpo y beber su sangre, y la multitud murmuraba desconcertada: ¡Duras son estas palabras! ¿Quién es capaz de aceptarlas?, queriendo Cristo purificar con fuego celestial estos pensamientos que, como antes he dicho, han de ser evitados, añadió: El espíritu es el que da vida; la carne no vale nada. Las palabras que yo os he dicho son espíritu y vida.

viernes, 4 de mayo de 2012

Espiritualidad del Catequista IV - Apertura a la Iglesia


Cristo manifestó claramente su voluntad de fundar una Iglesia (Mateo 16,18) y para ello formó a sus Apóstoles. Cada uno de ellos consagró su vida a continuar la obra del Señor y es así que la Iglesia se desarrolló y sigue predicando por todo el mundo. Todos los bautizados somos parte el Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia. Nuestro sentido de pertenencia a ella, es lo que nos hace participar activamente en su misión. Como bautizados y, más aún, como catequistas hemos de vivir con intensidad ese aspecto de la vida espiritual de todo cristiano:

«Apertura a la Iglesia, de la cual el catequista es miembro vivo que contribuye a construirla y por la cual es enviado. A la Iglesia ha sido encomendada la Palabra para que la conserve fielmente, profundice en ella con la asistencia del Espíritu Santo y la proclame a todos los hombres. Esta Iglesia, como Pueblo de Dios y Cuerpo Místico de Cristo, exige del catequista un sentido profundo de pertenencia y de responsabilidad por ser miembro vivo y activo de ella; como sacramento universal de salvación, ella le pide que se empeñe en vivir su misterio y gracia multiforme para enriquecerse con ellos y llegar a ser signo visible en la comunidad de los hermanos. El servicio del catequista no es nunca un acto individual o aislado, sino siempre profundamente eclesial».

Varias veces he insistido afirmando que es a través de la catequesis que se construye la comunidad parroquial. Cada cristiano, al pasar por el proceso catequético, es educado en la fe, formado para poder caminar en la vida cristiana y poder también ser discípulo misionero de Cristo. Siendo el catequista quien debe acompañar ese proceso, es imprescindible que tenga un gran amor por la Iglesia, madre y maestra. Esa apertura eclesial tiene varias características:

«La apertura a la Iglesia se manifiesta en el amor filial a ella, en la consagración a su servicio y en la capacidad de sufrir por su causa. Se manifiesta especialmente en la adhesión y obediencia al Romano Pontífice, centro de unidad y vínculo de comunión universal, y también al propio Obispo, padre y guía de la Iglesia particular. El catequista debe participar responsablemente en las vicisitudes terrenas de la Iglesia peregrina que, por su misma naturaleza, es misionera y debe compartir con ella, también el anhelo del encuentro definitivo y beatificante con el Esposo. El sentido eclesial, propio de la espiritualidad del catequista se expresa, pues, mediante un amor sincero a la Iglesia, a imitación de Cristo que "amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella" (Ef 5,25). Se trata de un amor activo y totalizante que llega a ser participación en su misión de salvación hasta dar, si es necesario, la propia vida por ella».
 (Congregación para la Evangelización de los Pueblos, GUIA PARA LOS CATEQUISTAS, 7)

Hoy, más que nunca, cuando la Iglesia es al mismo tiempo, perseguida y difamada, justamente porque aún son muchos los que no logran comprender su misión y no han conocido a Cristo, la labor del catequista es más urgente. Sin embargo, si su labor no es expresión de profunda comunión con Cristo, con su vicario el Papa y con la comunidad eclesial, su predicación no echará raíces en el corazón de nadie y se quedará sólo en buenas ideas o en una sana moral. La fe se cultiva en comunidad, en la Iglesia. Así nos lo enseñaron los Apóstoles y así lo testifican los mártires y todos los santos.
Hasta el Cielo.

P. Cèsar Piechestein
elcuracatequista

jueves, 19 de abril de 2012

Grandes Catequistas - De las Disertaciones de san Teodoro Estudita

LA PRECIOSA Y VIVIFICANTE CRUZ DE CRISTO

¡Oh don valiosísimo de la cruz! ¡Cuán grande es su magnificencia! la cruz no encierra en sí mezcla de bien y de mal, como el árbol del Edén, sino que toda ella es hermosa y agradable, tanto para la vista como para el gusto. Se trata, en efecto, del leño que engendra la vida, no la muerte; que da luz, no tinieblas; que introduce en el Edén, no que hace salir de él. La cruz es el madero al cual subió Cristo, como un rey a su carro de combate, para, desde él, vencer al demonio, que detentaba el poder de la muerte, y liberar al género humano de la esclavitud del tirano.

Es el madero en el cual el Señor, como esforzado guerrero, heridos en la batalla sus pies, sus manos y su divino costado, curó las llagas de nuestras malas acciones, es decir, nuestra naturaleza herida de muerte por el dragón infernal.

Primero hallamos la muerte en un árbol, ahora en otro árbol hemos recuperado la vida; los que habíamos sido antes engañados en un árbol hemos rechazado a la astuta serpiente en otro árbol. Nueva y extraña mudanza, ciertamente. A cambio de la muerte se nos da la vida, a cambio de la corrupción se nos da la incorrupción, a cambio del deshonor se nos da la gloria.

No sin motivo exclamaba el santo Apóstol: En cuanto a mí, líbreme Dios de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo; por él el mundo está crucificado para mi y yo para el mundo. Pues aquella suprema sabiduría que nace de la cruz ha desmentido la jactancia de la sabiduría del mundo y la arrogancia de lo que no es más que necedad. Los bienes de toda clase que dimanan de la cruz han destruido todo germen de malicia.

Ya desde el principio del mundo, todas aquellas cosas que no eran sino figuras y anuncios anticipados de este leño fueron signo e indicio de algo mucho más admirable que ellas mismas. Mira, si no, tú que deseas saberlo. ¿Por ventura no escapó Noé del desastre del diluvio, por decisión divina, él, su esposa, sus hijos y las esposas de éstos, y los animales de cada especie, en un frágil madero?

¿Qué significaba también la vara de Moisés? ¿No era acaso una figura de la cruz? Cuando convirtió el agua en sangre, cuando devoró a las falsas serpientes de los magos, cuando con su golpe y virtud dividió las aguas del mar, cuando de nuevo las volvió a su curso, sumergiendo en ellas al enemigo y preservando al pueblo elegido.

Semejante poder tuvo la vara de Aarón, figura también de la cruz, que floreció en un solo día, demostrando así quién era el legítimo sacerdote.

También Abraham anunció la cruz de antemano cuando puso a su hijo atado sobre el montón de maderos.

Por la cruz fue destruida la muerte, y Adán fue restituido a la vida. En la cruz se gloriaron todos los apóstoles, por ella fueron coronados todos los mártires, santificados todos los santos. Por la cruz nos revestimos de Cristo y nos despojamos del hombre viejo. Por la cruz nosotros, ovejas de Cristo, hemos sido reunidos en un solo redil y destinados al aprisco celestial.

viernes, 13 de abril de 2012

Grandes Catequistas - De las Catequesis de Jerusalén

EL PAN CELESTIAL Y LA BEBIDA DE SALVACIÓN

Jesús, el Señor, en la noche en que iba a ser entregado, tomó pan y, después de pronunciar la Acción de Gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos, y dijo: «Tomad y comed, esto es mi cuerpo.» y tomando el cáliz, después de pronunciar la acción de Gracias, dijo: «Tomad y bebed, ésta es mi sangre.» Por tanto, si él mismo afirmó del pan: Esto es mi cuerpo, ¿quién se atreverá a dudar en adelante? Y si él mismo afirmó: Ésta es mi sangre, ¿quién podrá nunca dudar y decir que no es su sangre?

Por esto hemos de recibirlos con la firme convicción de que son el cuerpo y sangre de Cristo. Se te da el cuerpo del Señor bajo el signo de pan, y su sangre bajo el signo de vino; de modo que al recibir el cuerpo y la sangre de Cristo te haces concorpóreo y consanguíneo suyo. Así, pues, nos hacemos portadores de Cristo, al distribuirse por nuestros miembros su cuerpo y sangre. Así, como dice san Pedro, nos hacemos participantes de la naturaleza divina.

En otro tiempo, Cristo, disputando con los judíos, decía: Si no coméis mi carne y no bebéis mi sangre, no tendréis vida en vosotros. Pero, como ellos entendieron estas palabras en un sentido material, se hicieron atrás escandalizados, pensando que los exhortaba a comer su carne.

En la antigua alianza había los panes de la proposición; pero, como eran algo exclusivo del antiguo Testamento, ahora ya no existen. Pero en el nuevo Testamento hay un pan celestial y una bebida de salvación, que santifican el alma y el cuerpo. Pues, del mismo modo que el pan es apropiado al cuerpo, así también la Palabra encarnada concuerda con la naturaleza del alma.

Por lo cual, el pan y el vino eucarísticos no han de ser considerados como meros y comunes elementos materiales, ya que son el cuerpo y la sangre de Cristo, como afirma el Señor; pues, aunque los sentidos nos sugieren lo primero, hemos de aceptar con firme convencimiento lo que nos enseña la fe.

Adoctrinados e imbuidos de esta fe certísima, debemos creer que aquello que parece pan no es pan, aunque su sabor sea de pan, sino el cuerpo de Cristo; y que lo que parece vino no es vino, aunque así le parezca a nuestro paladar, sino la sangre de Cristo; respecto a lo cual hallamos la antigua afirmación del salmo: El pan da fuerzas al corazón del hombre y el aceite da brillo a su rostro. Da, pues, fuerzas a tu corazón, comiendo aquel pan espiritual y da brillo así al rostro de tu alma.

Ojalá que con el rostro descubierto y con la conciencia limpia, contemplando la gloria del Señor como en un espejo, vayamos de gloria en gloria, en Cristo Jesús nuestro Señor, a quien sea el honor, el poder y la gloria por los siglos de los siglos. Amén.