"Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a todas las gentes"

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jueves, 19 de abril de 2012

Grandes Catequistas - De las Disertaciones de san Teodoro Estudita

LA PRECIOSA Y VIVIFICANTE CRUZ DE CRISTO

¡Oh don valiosísimo de la cruz! ¡Cuán grande es su magnificencia! la cruz no encierra en sí mezcla de bien y de mal, como el árbol del Edén, sino que toda ella es hermosa y agradable, tanto para la vista como para el gusto. Se trata, en efecto, del leño que engendra la vida, no la muerte; que da luz, no tinieblas; que introduce en el Edén, no que hace salir de él. La cruz es el madero al cual subió Cristo, como un rey a su carro de combate, para, desde él, vencer al demonio, que detentaba el poder de la muerte, y liberar al género humano de la esclavitud del tirano.

Es el madero en el cual el Señor, como esforzado guerrero, heridos en la batalla sus pies, sus manos y su divino costado, curó las llagas de nuestras malas acciones, es decir, nuestra naturaleza herida de muerte por el dragón infernal.

Primero hallamos la muerte en un árbol, ahora en otro árbol hemos recuperado la vida; los que habíamos sido antes engañados en un árbol hemos rechazado a la astuta serpiente en otro árbol. Nueva y extraña mudanza, ciertamente. A cambio de la muerte se nos da la vida, a cambio de la corrupción se nos da la incorrupción, a cambio del deshonor se nos da la gloria.

No sin motivo exclamaba el santo Apóstol: En cuanto a mí, líbreme Dios de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo; por él el mundo está crucificado para mi y yo para el mundo. Pues aquella suprema sabiduría que nace de la cruz ha desmentido la jactancia de la sabiduría del mundo y la arrogancia de lo que no es más que necedad. Los bienes de toda clase que dimanan de la cruz han destruido todo germen de malicia.

Ya desde el principio del mundo, todas aquellas cosas que no eran sino figuras y anuncios anticipados de este leño fueron signo e indicio de algo mucho más admirable que ellas mismas. Mira, si no, tú que deseas saberlo. ¿Por ventura no escapó Noé del desastre del diluvio, por decisión divina, él, su esposa, sus hijos y las esposas de éstos, y los animales de cada especie, en un frágil madero?

¿Qué significaba también la vara de Moisés? ¿No era acaso una figura de la cruz? Cuando convirtió el agua en sangre, cuando devoró a las falsas serpientes de los magos, cuando con su golpe y virtud dividió las aguas del mar, cuando de nuevo las volvió a su curso, sumergiendo en ellas al enemigo y preservando al pueblo elegido.

Semejante poder tuvo la vara de Aarón, figura también de la cruz, que floreció en un solo día, demostrando así quién era el legítimo sacerdote.

También Abraham anunció la cruz de antemano cuando puso a su hijo atado sobre el montón de maderos.

Por la cruz fue destruida la muerte, y Adán fue restituido a la vida. En la cruz se gloriaron todos los apóstoles, por ella fueron coronados todos los mártires, santificados todos los santos. Por la cruz nos revestimos de Cristo y nos despojamos del hombre viejo. Por la cruz nosotros, ovejas de Cristo, hemos sido reunidos en un solo redil y destinados al aprisco celestial.

viernes, 13 de abril de 2012

Grandes Catequistas - De las Catequesis de Jerusalén

EL PAN CELESTIAL Y LA BEBIDA DE SALVACIÓN

Jesús, el Señor, en la noche en que iba a ser entregado, tomó pan y, después de pronunciar la Acción de Gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos, y dijo: «Tomad y comed, esto es mi cuerpo.» y tomando el cáliz, después de pronunciar la acción de Gracias, dijo: «Tomad y bebed, ésta es mi sangre.» Por tanto, si él mismo afirmó del pan: Esto es mi cuerpo, ¿quién se atreverá a dudar en adelante? Y si él mismo afirmó: Ésta es mi sangre, ¿quién podrá nunca dudar y decir que no es su sangre?

Por esto hemos de recibirlos con la firme convicción de que son el cuerpo y sangre de Cristo. Se te da el cuerpo del Señor bajo el signo de pan, y su sangre bajo el signo de vino; de modo que al recibir el cuerpo y la sangre de Cristo te haces concorpóreo y consanguíneo suyo. Así, pues, nos hacemos portadores de Cristo, al distribuirse por nuestros miembros su cuerpo y sangre. Así, como dice san Pedro, nos hacemos participantes de la naturaleza divina.

En otro tiempo, Cristo, disputando con los judíos, decía: Si no coméis mi carne y no bebéis mi sangre, no tendréis vida en vosotros. Pero, como ellos entendieron estas palabras en un sentido material, se hicieron atrás escandalizados, pensando que los exhortaba a comer su carne.

En la antigua alianza había los panes de la proposición; pero, como eran algo exclusivo del antiguo Testamento, ahora ya no existen. Pero en el nuevo Testamento hay un pan celestial y una bebida de salvación, que santifican el alma y el cuerpo. Pues, del mismo modo que el pan es apropiado al cuerpo, así también la Palabra encarnada concuerda con la naturaleza del alma.

Por lo cual, el pan y el vino eucarísticos no han de ser considerados como meros y comunes elementos materiales, ya que son el cuerpo y la sangre de Cristo, como afirma el Señor; pues, aunque los sentidos nos sugieren lo primero, hemos de aceptar con firme convencimiento lo que nos enseña la fe.

Adoctrinados e imbuidos de esta fe certísima, debemos creer que aquello que parece pan no es pan, aunque su sabor sea de pan, sino el cuerpo de Cristo; y que lo que parece vino no es vino, aunque así le parezca a nuestro paladar, sino la sangre de Cristo; respecto a lo cual hallamos la antigua afirmación del salmo: El pan da fuerzas al corazón del hombre y el aceite da brillo a su rostro. Da, pues, fuerzas a tu corazón, comiendo aquel pan espiritual y da brillo así al rostro de tu alma.

Ojalá que con el rostro descubierto y con la conciencia limpia, contemplando la gloria del Señor como en un espejo, vayamos de gloria en gloria, en Cristo Jesús nuestro Señor, a quien sea el honor, el poder y la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

viernes, 23 de marzo de 2012

Los niños entienden y nosotros no lo hemos entendido - Tips para la catequesis

Hace unos días, mientras almorzaba con algunos hermanos sacerdotes, aproveché para contar las últimas fechorías de mis catequizandos. Uno de ellos se sorprendió por el hecho de que un sacerdote se dedicara a catequizar niños y se sorprendió aún más cuando le dije que también el párroco a con el que colaboro se da tiempo para catequizar. El punto es que no hay nada de que sorprenderse, porque así como el padre de familia es el primer catequista de sus hijos, el sacerdote párroco es el primer catequista de la parroquia. Es cierto que necesitamos de la ayuda de los laicos, porque la catequesis es una tarea vastísima, pero eso no significa que tenemos que dedicarnos sólo a la organización y dirección de la misma. Privarse de la oportunidad de catequizar a los más pequeños, es privarse de una de las tareas más características de la paternidad espiritual. En todo caso esto era sólo la introducción.

Hoy quisiera compartirles unas ideas que me han venido a la cabeza, con respecto a nuestros niños del catecismo. Creo que aún muchos se han quedado con la teoría de que los niños “no entienden”, o al menos, no tienen toda la capacidad que puede tener un adulto para entender. Creo que hemos crecido convencidos de ello, pero yo no lo estoy tanto.

Es cierto que un niño tendrá menos criterios y experiencias que un adulto, pero debe tener la misma capacidad para razonar y la misma conciencia para distinguir el bien del mal, ya que esa es una luz universal. Su inocencia le da probablemente una confianza más grande que la de un adulto, y creerá a pie juntillas lo que le digan las personas que reconoce como autoridad. Ahí es donde está el peligro.

Somos conscientes que los niños de hoy están tan expuestos a la avalancha de información que nos llega por todos lados. Son especialmente la televisión y la internet los cauces por los que pueden recibir a diario mensajes de todo tipo. Para muchos de ellos, la tv y la red, tienen la autoridad que para nosotros tienen los libros. Así que están recibiendo constantemente enseñanzas que muchas veces no son las idóneas.

Y mientras tanto, nosotros a quienes nuestros pequeños reconocen también la autoridad, nos limitamos convencidos de que ellos no son capaces de comprender. Si que los son y están aprendiendo mucho, pero lamentablemente no de nosotros.

Creo que es necesario que nos dediquemos más a comunicar de manera clara el mensaje cristiano, que a llenarnos de técnicas y métodos, que muchas veces nos roban el tiempo y nos diluyen la doctrina. Educar en la fe es enseñar el credo, la moral cristiana, la vida de piedad, pero sobre todo a amar a Jesús. Y así como Él, hemos de esforzarnos por hacer asequibles a todos, pequeños y grandes, las verdades eternas. Sin detenernos a pensar que no son capaces de entender, porque lo son.
Hasta el Cielo.

P. César Piechestein
elcuracatequista

viernes, 2 de marzo de 2012

Analfabetismo catequético y Nueva Evangelización

En el marco de la convocatoria a la celebración del Año de la Fe, el Papa también ha renovado la llamada a la Nueva Evangelización. Durante el último encuentro de los cardenales en Roma, ha sido éste el tema central de la reflexión. Todos somos invitados a participar en la misión de re-evangelizar el mundo:

«La invitación implícita en la misión ad gentes y la nueva evangelización no es una doctrina, sino un llamado a conocer, amar y servir no a algo, sino a alguien. Esta persona, este Jesús de Nazaret, nos dice que Él es la verdad. Por lo tanto, nuestra misión tiene una sustancia, un contenido. A veinte años de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica, en el quincuagésimo aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II y al umbral de este Año de la fe, nos encontramos con el reto de combatir el analfabetismo catequético».

Creo que el Cardenal Dolan ha definido el más grande de los problemas: analfabetismo catequético. Es urgente intervenir, porque nadie ama lo que no conoce y si no damos a conocer a Cristo, ¿cómo podrán amarlo?

«Es verdad que la nueva evangelización es urgente, porque a veces el secularismo ha ahogado el grano de la fe; pero esto fue posible porque muchos creyentes no tienen la mínima idea de la sabiduría, la belleza y la coherencia de la Verdad. Por lo tanto, nuestra misión, esta nueva evangelización, tiene unas dimensiones catequéticas y eclesiales».

Es verdad que todos estamos llamados a participar activamente en la Nueva Evangelización, pero siendo el problema más grave el desconocimiento de Cristo y su mensaje, siendo urgente combatir el analfabetismo catequético, somos los catequistas quienes hemos de luchar en primera fila. Podríamos pensar que la tarea correspondía a los animadores, a los misioneros o a los evangelizadores, y es cierto porque corresponde a todos, pero los catequistas estamos ya preparados para educar en la fe.

«Esto nos lleva a pensar en la Iglesia de una manera renovada: a pensar en ella como una Misión en sí misma. Como nos enseñó el beato Juan Pablo II en la encíclica Redemptoris Missio, la Iglesia no tiene una misión, como si la "misión" fuera una cosa entre las muchas que Iglesia hace. No, la Iglesia es una misión, y cada uno de nosotros que confiesa a Jesús como Señor y Salvador debería interrogarse sobre su propia eficacia en la misión». (Card. Timothy Dolan, discurso pronunciado en la jornada de oración y reflexión del Colegio Cardenalicio, el 17 de febrero 2012)

Creo que si el Beato Manuel González hubiese estado presente ese día en San Pedro, le habría respondido al Cardenal Dolan, lo mismo que hace años dejó escrito en uno de sus más hermosos libros:

« Ante todo, convengo contigo con todo mi asentimiento que la primera en necesidad e importancia de todas las obras sociales católicas es la enseñanza del catecismo, y no una enseñanza cualquiera, sino la que aspira a ocupar la memoria, el entendimiento y la voluntad». (Beato Manuel González, Lo que puede un cura hoy)

Unamos nuestra fuerza, nuestra oración y toda nuestra voluntad a este camino que la Iglesia está profundizando. No dejemos pasar esta oportunidad de propagar nuestra fe y de ayudar a nuestros hermanos a renovar sus compromisos bautismales. De cada uno de nosotros depende que la invitación que nos hace nuestra Madre la Iglesia tenga los frutos que Cristo espera.
Hasta el Cielo.

P. César Piechestein
elcuracatequista

lunes, 20 de febrero de 2012

Espiritualidad del Catequista III - Apertura a Dios Uno y Trino

Continuando con el itinerario de espiritualidad del catequista la Congregación para la Evangelización de los Pueblos nos invita a reflexionar sobre la apertura a Dios. Habíamos dicho que el catequista debe estar abierto a la Palabra de Dios, pero no podemos olvidar que la Biblia no puede ser vista como un libro de texto. La Palabra de Dios es palabra viva, el Verbo de Dios se hizo hombre para revelarnos su voluntad. Por lo tanto no sólo hemos de tener apertura a la Palabra, sino también a nuestro Dios Trino y Uno.

De no ser así podríamos caer en el error de convertirnos en profesores de una materia religiosa, pero estaríamos muy lejos de ser educadores de la fe. Nuestra religión es antes que nada, la relación personal entre Dios y la humanidad, y cada ser humano. Una relación que envuelve todo nuestro ser y nuestro obrar «que está presente en lo más íntimo de la persona y da un sentido a toda su vida: convicciones, criterios, escala de valores, decisiones, relaciones, comportamientos, etc.» (Guía para los Catequistas, 7).

La apertura a la Trinidad se traduce en una relación profunda con cada una de las tres personas. Ciertamente es un solo Dios, pero cada persona imprime en el cristiano un aspecto diverso con el que moldea el alma, siempre partiendo desde la Palabra:

«El catequista debe dejarse atraer a la esfera del Padre que comunica la Palabra; de Cristo, Verbo Encarnado, que pronuncia todas y solo las Palabras que oye al Padre (cf. Jn 8,26; 12,49); del Espíritu Santo que ilumina la mente para hacer comprender toda la Palabra y caldea el corazón para amarla y ponerla fielmente en práctica (Cf. Jn 16,12-14)». (Id., 7)

Lo dicho tiene validez para todos los cristianos, pero sabemos que Dios también moldea con su gracia a cada quien según la misión que debe desempeñar. El catequista recibe a través de su apertura a Dios Trino un “plus” que lo lleva a desarrollar dos dimensiones: la santificación personal y la santificación de la comunidad:

«Se trata, pues, de una espiritualidad arraigada en la Palabra viva, con dimensión Trinitaria, como la salvación y la misión universal. Eso implica una actitud interior coherente, que consiste en participar en el amor del Padre, que quiere que todos los hombres lleguen a conocer la verdad y se salven (cf. 1Tim 2,4); en realizar la comunión con Cristo, compartir sus mismos sentimientos (cf. Flp 2,5), y vivir, como Pablo, la experiencia de su continua presencia alentadora: "No tengas miedo (...) porque yo estoy contigo" (Hch 18,9-10); en dejarse plasmar por el Espíritu y transformarse en testigos valientes de Cristo y anunciadores luminosos de la Palabra». (Congregación para la Evangelización de los Pueblos, GUIA PARA LOS CATEQUISTAS, 7)

El catequista camina hacia la santidad al mismo tiempo que anima y acompaña a sus hermanos, que también la buscan. Su testimonio y su palabra serán los instrumentos que le permitirán hacer que otros también descubran y acepten a Dios. Sólo puede ser instrumento de Dios quien lo ha acogido y procura encarnar su Palabra.
Hasta el Cielo.

P. César Piechestein
elcuracatequista

domingo, 12 de febrero de 2012

Grandes Catequistas - Del Comentario de san Efrén, diácono, sobre el Diatéssaron

LA PALABRA DE DIOS FUENTE INAGOTABLE DE VIDA

¿Quién hay capaz, Señor, de penetrar con su mente una sola de tus frases? Como el sediento que bebe de la fuente, mucho más es lo que dejamos que lo que tomamos. Porque la palabra del Señor presenta muy diversos aspectos, según la diversa capacidad de los que la estudian. El Señor pintó con multiplicidad de colores su palabra, para que todo el que la estudie pueda ver en ella lo que más le plazca. Escondió en su palabra variedad de tesoros, para que cada uno de nosotros pudiera enriquecerse en cualquiera de los puntos a que afocara su reflexión.

La palabra de Dios es el árbol de vida que te ofrece el fruto bendito desde cualquiera de sus lados, como aquella roca que se abrió en el desierto y manó de todos lados una bebida espiritual. Comieron -dice el Apóstol- el mismo manjar espiritual y bebieron la misma bebida espiritual.

Aquel, pues, que llegue a alcanzar alguna parte del tesoro de esta palabra no crea que en ella se halla solamente lo que él ha hallado, sino que ha de pensar que, de las muchas cosas que hay en ella, esto es lo único que ha podido alcanzar. Ni por el hecho de que esta sola parte ha podido llegar a ser entendida por él, tenga esta palabra por pobre y estéril y la desprecie, sino que, considerando que no puede abarcarla toda, dé gracias por la riqueza que encierra. Alégrate por lo que has alcanzado, sin entristecerte por lo que te queda por alcanzar. El sediento se alegra cuando bebe y no se entristece porque no puede agotar la fuente. La fuente ha de vencer tu sed, pero tu sed no ha de vencer la fuente, porque, si tu sed queda saciada sin que se agote la fuente, cuando vuelvas a tener sed podrás de nuevo beber de ella; en cambio, si al saciarse tu sed se secara también la fuente, tu victoria sería en perjuicio tuyo.

Da gracias por lo que has recibido y no te entristezcas por la abundancia sobrante. Lo que has recibido y conseguido es tu parte, lo que ha quedado es tu herencia. Lo que, por tu debilidad, no puedes recibir en un determinado momento lo podrás recibir en otra ocasión, si perseveras. Ni te esfuerces avaramente por tomar de un solo sorbo lo que no puede ser sorbido de una vez, ni desistas por pereza de lo que puedes ir tomando poco a poco

domingo, 5 de febrero de 2012

Ni las etiquetas, ni la lástima ayudan - Tips para la catequesis

Hace algunos años, cuando estaba iniciando mi tarea como párroco, nos plantemos el reto de ayudar a un grupo de niños de nuestra comunidad. En Ecuador desde hace algunos años se ha hecho muy fuerte el fenómeno de la migración. Muchos adultos jóvenes deciden abandonar el país para trabajar en Estados Unidos o algún país de Europa. En el mejor de los casos migra uno de los progenitores, porque en el peor migran ambos, dejando a los hijos en manos de los abuelos o de otros parientes. Evidentemente esto tiene un impacto muy negativo en el desarrollo y la educación de los que se conocen como los “hijos de la migración”.

Ante éste problema nos decidimos a actuar. Era necesario darles la atención necesaria, asesorar a los tutores para que pudieran desenvolver la tarea, brindar el apoyo necesario. Como motivación era la correcta, pero los medios no lo fueron. Pensamos que lo primero era identificarlos, hablar con los tutores y poder así saber quienes eran los que necesitaban la ayuda. 

Hasta ahí todo parecía bien, pero había algo que nos hacía dudar. Consultamos con un amigo, de profesión Psicólogo, quien nos hizo ver nuestro error. No debíamos etiquetar a los niños, mucho menos estigmatizarlos con la idea de que eran “hijos de migrantes”. Había que ayudarlos sin que se sintieran diferentes, sobre todo no demostrar nunca que sentíamos lástima por su “condición”.

Hoy en día es fácil poner etiquetas a los niños: hijo de divorciados, hijo de madre soltera, hijo de migrantes. Podemos también etiquetar por color, comportamiento, situación nutricional, condición económica, etc. Pero a la hora del catecismo la clasificación no nos resultará eficaz. Cada uno de nuestros niños es un mundo aparte y si vamos a tener un comportamiento específico para cada uno, terminaremos en el manicomio.

Creo que lo mejor es tener en claro uno que otro principio:

- No tener lástima de ninguno: cada niño merece toda la atención, la paciencia, el afecto que podamos darle. Ni más ni menos, porque sea de una manera o de otra, porque su “situación” se diferente a la del otro.

- Ver en cada uno el potencial y trabajarlo: el catequista ha de ser como un escultor, mirando la piedra ver en ella su potencial (no sus carencias) y sacar de ella lo mejor.

- Recordar que más allá de los medios, las técnicas y las teorías, nosotros contamos con el auxilio del Espíritu Santo, porque la obra no es nuestra sino de Dios.

Cada año confirmo que son los catequizandos los que nos enseñan las mejores lecciones. Nosotros somos sólo instrumentos y basta que nos mantengamos en comunión con el Maestro.

Hasta el Cielo.

P. César Piechestein
elcuracatequista

martes, 10 de enero de 2012

Grandes Catequistas - De la Regla monástica mayor de san Basilio Magno, obispo

TENEMOS DEPOSITADA EN NOSOTROS UNA FUERZA QUE NOS CAPACITA PARA AMAR

El amor de Dios no es algo que pueda aprenderse con unas normas y preceptos. Así como nadie nos ha enseñado a gozar de la luz, a amar la vida, a querer a nuestros padres y educadores, así también, y con mayor razón, el amor de Dios no es algo que pueda enseñarse, sino que desde que empieza a existir este ser vivo que llamamos hombre es depositada en él una fuerza espiritual, a manera de semilla, que encierra en sí misma la facultad y la tendencia al amor. Esta fuerza seminal es cultivada diligentemente y nutrida sabiamente en la escuela de los divinos preceptos y así, con la ayuda de Dios, llega a su perfección.

Por eso nosotros, dándonos cuenta de vuestro deseo por llegar a esta perfección, con la ayuda de Dios y de vuestras oraciones, nos esforzaremos, en la medida en que nos lo permita la luz del Espíritu Santo, por avivar la chispa del amor divino escondida en vuestro interior.

Digamos en primer lugar que Dios nos ha dado previamente la fuerza necesaria para cumplir todos los mandamientos que él nos ha impuesto, de manera que no hemos de apenarnos como si se nos exigiese algo extraordinario, ni hemos de enorgullecernos como si devolviésemos a cambio más de lo que se nos ha dado. Si usamos recta y adecuadamente de estas energías que se nos han otorgado, entonces llevaremos con amor una vida llena de virtudes; en cambio, si no las usamos debidamente, habremos viciado su finalidad.

En esto consiste precisamente el pecado, en el uso desviado y contrario a la voluntad de Dios de las facultades que él nos ha dado para practicar el bien; por el contrario, la virtud, que es lo que Dios pide de nosotros, consiste en usar de esas facultades con recta conciencia, de acuerdo con los designios del Señor.

Siendo esto así, lo mismo podemos afirmar de la caridad. Habiendo recibido el mandato de amar a Dios, tenemos depositada en nosotros, desde nuestro origen, una fuerza que nos capacita para amar; y ello no necesita demostrarse con argumentos exteriores, ya que cada cual puede comprobarlo por sí mismo y en sí mismo. En efecto, un impulso natural nos inclina a lo bueno y a lo bello, aunque no todos coinciden siempre en lo que es bello y bueno; y, aunque nadie nos lo ha enseñado, amamos a todos los que de algún modo están vinculados muy de cerca a nosotros, y rodeamos de benevolencia, por inclinación espontánea, a aquellos que nos complacen y nos hacen el bien.

Y ahora yo pregunto, ¿qué hay más admirable que la belleza de Dios? ¿Puede pensarse en algo más dulce y agradable que la magnificencia divina? ¿Puede existir un deseo más fuerte e impetuoso que el que Dios infunde en el alma limpia de todo pecado y que dice con sincero afecto: Desfallezco de amor? El resplandor de la belleza divina es algo absolutamente inefable e inenarrable.

martes, 3 de enero de 2012

Espiritualidad del Catequista II - Apertura a la Palabra

Hace algún tiempo habíamos reflexionado sobre la unidad que debe haber entre el catequista y el Evangelio. No podemos pretender desarrollar una catequesis sin fundamentarla en la Biblia. Precisamente será el catequista quién introducirá a los catequizandos a la lectura de la Palabra de Dios, siguiendo las referencias que de él dan los textos que facilita cada conferencia episcopal.

Pero ésta Palabra no puede ser considerada por el catequista como un mero instrumento pedagógico, sino como la luz que ilumina toda vida cristiana, la Revelación de Dios. Será para el catequista, como lo es para todo cristiano, la guía esencial que le permitirá comunicarse con el Creador para poder servirlo según su voluntad. De ahí que un aspecto esencial de la espiritualidad de catequista sea:

“7.- Apertura a la Palabra. El ministerio del catequista está esencialmente unido a la comunicación de la Palabra. La primera actitud espiritual del catequista está relacionada, pues, con la Palabra contenida en la revelación, predicada por la Iglesia, celebrada en la liturgia y vivida especialmente por los santos. Y es siempre un encuentro con Cristo, oculto en su Palabra, en la Eucaristía, en los hermanos. Apertura a la Palabra significa, a fin de cuentas, apertura a Dios, a la Iglesia y al mundo.”

Creo que a todos nos preocupa la amenaza de las sectas, que aprovechándose del poco conocimiento de la Biblia de muchos católicos, van sembrando engaño y separándolos de la fe. 

“16.- Atención a la difusión de las sectas. La proliferación de las sectas de origen cristiana y no cristiana es, actualmente, un reto pastoral para la Iglesia en todo el mundo. En los territorios de misión, representan un serio obstáculo para la predicación del Evangelio y para el desarrollo ordenado de las Iglesias jóvenes, pues atacan a la integridad de la fe y a la solidez de la comunión.”

Un catequista que haya hecho de la Palabra de Dios su eje, será capaz de entremezclar adecuadamente la doctrina con el Evangelio. Esto permitirá fundamentar el catecismo en la Biblia, dejando claro a los catequizandos que el primero es la explicitación de lo que en el segundo se encuentra implícito. La Iglesia no ha inventado nada, pero a través de los siglos y del estudio de muchos grandes teólogos, ha profundizado en la Palabra de Dios y la ha dado a conocer. Quien conoce bien el catecismo, podrá leer la Biblia sin confundirse, porque tendrá clara la “medula” del mensaje.

“16.- El catequista se presenta, hoy día, como uno de los agentes más aptos para superar positivamente ese fenómeno. Con su tarea de anunciar la Palabra y de acompañar el crecimiento en la vida cristiana, el catequista se encuentra en una situación ideal para ayudar a las personas - tanto cristianos como no cristianos - a comprender cuáles son las verdaderas respuestas a sus necesidades, sin recurrir a las pseudo-seguridades de las sectas. Además, como laico puede actuar más capilarmente y hablar de modo más realista y comprensivo.” (Guía del Catequista, Congregación para la Evangelización de los Pueblos)

La apertura a la Palabra de Dios fortalece y nutre al catequista, dándole la capacidad de transmitir con veracidad el mensaje de Cristo y de la Iglesia. Pero más allá de eso dará al catequista, como a todo cristiano que se deja iluminar por ella, la gracia de conocer a Dios que se ha querido dar a conocer a través de la Biblia.
Hasta el Cielo.

P. César Piechestein
elcuracatequista