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viernes, 4 de mayo de 2012

Espiritualidad del Catequista IV - Apertura a la Iglesia


Cristo manifestó claramente su voluntad de fundar una Iglesia (Mateo 16,18) y para ello formó a sus Apóstoles. Cada uno de ellos consagró su vida a continuar la obra del Señor y es así que la Iglesia se desarrolló y sigue predicando por todo el mundo. Todos los bautizados somos parte el Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia. Nuestro sentido de pertenencia a ella, es lo que nos hace participar activamente en su misión. Como bautizados y, más aún, como catequistas hemos de vivir con intensidad ese aspecto de la vida espiritual de todo cristiano:

«Apertura a la Iglesia, de la cual el catequista es miembro vivo que contribuye a construirla y por la cual es enviado. A la Iglesia ha sido encomendada la Palabra para que la conserve fielmente, profundice en ella con la asistencia del Espíritu Santo y la proclame a todos los hombres. Esta Iglesia, como Pueblo de Dios y Cuerpo Místico de Cristo, exige del catequista un sentido profundo de pertenencia y de responsabilidad por ser miembro vivo y activo de ella; como sacramento universal de salvación, ella le pide que se empeñe en vivir su misterio y gracia multiforme para enriquecerse con ellos y llegar a ser signo visible en la comunidad de los hermanos. El servicio del catequista no es nunca un acto individual o aislado, sino siempre profundamente eclesial».

Varias veces he insistido afirmando que es a través de la catequesis que se construye la comunidad parroquial. Cada cristiano, al pasar por el proceso catequético, es educado en la fe, formado para poder caminar en la vida cristiana y poder también ser discípulo misionero de Cristo. Siendo el catequista quien debe acompañar ese proceso, es imprescindible que tenga un gran amor por la Iglesia, madre y maestra. Esa apertura eclesial tiene varias características:

«La apertura a la Iglesia se manifiesta en el amor filial a ella, en la consagración a su servicio y en la capacidad de sufrir por su causa. Se manifiesta especialmente en la adhesión y obediencia al Romano Pontífice, centro de unidad y vínculo de comunión universal, y también al propio Obispo, padre y guía de la Iglesia particular. El catequista debe participar responsablemente en las vicisitudes terrenas de la Iglesia peregrina que, por su misma naturaleza, es misionera y debe compartir con ella, también el anhelo del encuentro definitivo y beatificante con el Esposo. El sentido eclesial, propio de la espiritualidad del catequista se expresa, pues, mediante un amor sincero a la Iglesia, a imitación de Cristo que "amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella" (Ef 5,25). Se trata de un amor activo y totalizante que llega a ser participación en su misión de salvación hasta dar, si es necesario, la propia vida por ella».
 (Congregación para la Evangelización de los Pueblos, GUIA PARA LOS CATEQUISTAS, 7)

Hoy, más que nunca, cuando la Iglesia es al mismo tiempo, perseguida y difamada, justamente porque aún son muchos los que no logran comprender su misión y no han conocido a Cristo, la labor del catequista es más urgente. Sin embargo, si su labor no es expresión de profunda comunión con Cristo, con su vicario el Papa y con la comunidad eclesial, su predicación no echará raíces en el corazón de nadie y se quedará sólo en buenas ideas o en una sana moral. La fe se cultiva en comunidad, en la Iglesia. Así nos lo enseñaron los Apóstoles y así lo testifican los mártires y todos los santos.
Hasta el Cielo.

P. Cèsar Piechestein
elcuracatequista

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